Los tirantes de James

James me mira entre frustrado y sorprendido al comprobar que la puerta que da al jardín está cerrada. Con resignación vuelve a sentarse en la butaca donde unos minutos antes reposaba Margaret su nonagenario cuerpecito.

La mirada de James se cruza con la mía y esto parece sorprenderle. Aprovechando que estoy allí me muestra orgulloso sus tirantes. Cogiéndolos con sus pulgares me invita a mirarlos y yo obediente lo hago, explorándolos atentamente con mis ojos. Me acerco más a ambas tiras y me doy cuenta de que no son ni verdes ni azules y que tampoco están hechas de un tejido cualquiera. James los estira un poco más y yo ya no puedo resistirme a sostenerlos entre mis dedos. Aunque no entiendo de tirantes, me da la impresión de que estos, los de James, son muy elegantes. Deben ser muy “ingleses”, pienso yo.

Levanto la vista y ahora soy yo quien se sorprende al toparme con la expresión de la cara de James. Esa mirada tan azul encendida de orgullo, la radiante sonrisa, de genuina satisfacción que dibuja de inmediato otra en mi cara. Se para el tiempo y siento una inmensa alegría y me parece que James y yo nos conocemos de toda la vida, Me doy cuenta de que al desaparecer el tiempo, han desaparecido también otras muchas cosas. Como el alzhéimer de James y ese runrún de ocupaciones y obligaciones de mi cabeza; allí solo estábamos él y yo, y por supuesto, sus tirantes. Sin darme cuenta asiento discretamente con mi cabeza y mis ojos,  mientras que mi sonrisa sigue en plena sintonía conectada a la suya. Entonces James lo resume todo, también él asintiendo y llevando una profunda bocanada de aire a sus pulmones me dice: “It is all right” (“Todo está bien”).

Todo está bien, claro que todo está siempre bien cuando nos lanzamos a estar cien por cien presentes en una situación. Y sin embargo ¿Cuántas veces lo hacemos? ¡Cuánto esfuerzo nos supone quitar nuestro foco de esa inercia de pensamientos, recuerdos, anticipaciciones que se agolpan en nuestra mente y ponerlo en el aquí y el ahora, en los tirantes de James, que a simple vista parecían unos cualquiera y que mirados con atención son tan especiales!

Margaret vino a reclamar su asiento a James y este al levantar la cabeza para mirar a la mujer, se percató de nuevo de la bonita luz que entraba por el ventanal del jardín. Sin dudarlo intentó una vez más abrir la puerta y como otras tantas veces esa tarde volvió a buscar un lugar donde acomodarse en la salita, con una mezcla de sorpresa y resignación pintada en su cara.

Gracias por leerme.

Susana García Pinto

Londres, agosto de 2017

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