¿Por qué nos asusta tanto el alzhéimer?

Desde aquí mi reconocimiento más profundo a todas aquellas personas cuyas vidas han sido tocadas por el Alzheimer. Tanto a aquellos que lo padecen en sus carnes como a los que les acompañan, esta enfermedad no deja indiferente a nadie. Sus tentáculos rozan y trastocan de mil maneras las vidas de cuantos alcanza, poniendo a veces patas arriba el status quo de las relaciones familiares, y otras, el del estado físico, emocional y mental de aquellos involucrados.

Si a todo esto le añadimos que suele ser una dolencia con la que se habrá de convivir durante años, para la cuál no existen protocolos, ni guías que marquen unas mínimas pautas con las que desenvolverse con fluidez por ella, el cocktail de complejidad, incertidumbre y desgaste está garantizado.

He conocido el caso de nietos o sobrinos que ante el diagnostico de una abuelo o de una tía decidieron tajantemente no volver a visitarlos porque se veían incapaces de ser testigos de su decadencia, argumentando que preferían recordarlos en plenitud de facultades. Me he encontrado con hijos que ante el progreso de la demencia de su madre han ido espaciando sus encuentros debido a la impotencia y la incomodidad que el no saber cómo comunicarse con ella les provocaba.

A esposas que se han marchitado en el resentimiento cuidando a maridos con Alzheimer a los que hacía mucho que ya no querían. Y a maridos paralizados por las brusquedad de los síntomas y los cambios en la pesonalidad de sus mujeres.

He visto a familiares que al no saber cómo poner límites a la continua atención que sus seres queridos demandaban han acabado enfermando gravemente y a otros que han manifestado de golpe todo el cansancio acumulado durante años justo a los pocos meses de fallecer la persona que por tanto tiempo fue el centro de sus cuidados.

Estos son tan solo algunos ejemplos de los distintos golpes de efecto que esta enfermedad con tan mala prensa puede tener en aquellos que de una forma u otra comparten su vida con el ser humano que la padece.

Pero sin duda no son los únicos. Pues al igual que es capaz de despertar las más oscuras sombras, el alzhéimer tiene también la capacidad de avivar esa parte más luminosa y generalmente poco explorada que habita en nosotros. Son muchas las personas a las que el mero hecho de haber estado en contacto con otra que padecía alzhéimer, ya sea como familiar, como cuidador principal o incluso como profesional, afirman que algo ha cambiado en ellos para siempre, indudablemente para mejor.

Hace ya tiempo, cuando estaba en mitad de mi propio proceso de acompañamiento a mi padre, comencé a preguntarme qué tenía de particular el Alzheimer para que se haya convertido en una enfermedad socialmente tan temida y con tan mala prensa. Porque el alzhéimer es, de acuerdo a esudios recientes, la enfermedad más temida por delante del cancer, del ictus, de patologías cardiacas o de la diabetes.

¿Por qué nos da entonces tanto miedo la posibilidad de padecer Alzheimer?

En mi opinion son dos los motivos principales, o mejor dicho los dos miedos con los que la demencia nos confronta:

El primero, es el miedo a que se nos vaya la cabeza, a perder el juicio. El segundo, es el miedo a volvernos dependientes, de vernos obligados a poner en manos de otros la atención de nuestras necesidades más básicas.

El miedo a perder la cabeza

Cuando pensamos en el alzhéimer nos visualizamos a nosotros mismos navegando por los días sin rumbo, incapaces de argumentar sólidamente ya nuestras opiniones, ni de organizar nuestras semanas.

El alzhéimer nos asusta porque nos asoma a la posibilidad de perder el control. Nos sitúa en una fatídico escenario del que se ha borrado esa aparente sensación de certeza que nuestros metódicos hábitos y nuestra rutinaria forma de pensar cada día nos genera. Y digo aparente porque es falsa, porque si algo no es la vida es previsible, ni lógica, y mucho menos organizada. Aunque a nosostros nos haga sentir más cómodos pretender que lo es.

El alzhéimer nos asusta porque nos obliga a visualizarnos soltando las riendas y sin ellas nos da miedo no saber quienes somos. Nuestro ego entonces se desboca haciéndonos creer que sin nuestras bien fundadas opiniones y vision del mundo, sin la respetable opinion que otros tienen de nosotros y sin las palabras con las que expresar nuestras razonables ideas, ya no seremos absolutamente nadie. O por lo menos, nadie que merezca ser tenido en cuenta.

Así es nuestro ego, siempre queriéndonos engañar, pues nada está más lejos de la realidad que estos sus argumentos. Por supuesto que una enfermedad degenerativa nunca será celebrada ni mucho menos bien acogida, pero nuestro desmesurado pánico al alzhéimer no es sino en buena medida el reflejo de cuán desconectados estamos de nuestro corazón.

Cuanto mayor sea el miedo mayor será el trecho que nos separa de nuestro verdadero centro, de quienes en verdad somos, en otras palabras, de nuestra esencia. A la cual, como no podia ser de otra forma, el alzhéimer respetará en su totalidad.

El miedo a ser dependiente

El alzhéimer nos asusta porque nos transporta a un tenebroso futuro en el cuál nos imaginamos dependientes de otros, y esto hace aflorar como un resorte nuestra más temida vulnerabilidad.

Vulnerabilidad que aprendimos a enmascarar con los años y que no hace sino recordarnos el simple hecho de que somos mortales y que en realidad nunca fuimos autosuficientes, que necesitamos a los otros de la misma manera que ellos nos necesitan a nosotros.

El alzhéimer nos hace sentir incómodos porque implica confiar ciegamente en los que nos rodean, quienes habrán de tomar decisiones importante por nosotros así como atender nuestras necesidades más elementales.

En definitiva, el alzhéimer nos asusta de una manera especial porque nos confronta con algunos de nuestros miedos más arraigados y más inconscientes, como el temor a dejar ir, a soltar la sensación de querer controlar nuestros días, así como nuestro pavor a hacer pública nuestra vulnerabilidad.

En nuestra mano está el querer aprender de este miedo, pues estemos sanos o enfermos, o lo estén los que nos rodean, está aquí para enseñarnos la importancia de vivir de una forma más consciente, más en coherencia con quien en realidad somos. Atreviéndonos a permitir que nuestra naturaleza más esencial, que no reside únicamente en nuestra mente sino que vive en cada una de nuestras células, y muy en especial en las de nuestro corazón, fluya a través de nosotros sin resistencias ni disfraces para deleite nuestro y de aquellos que de una manera u otra forman parte de nuestras vidas.

Extracto de “La luz de tu silencio”

¡Gracias por estar aquí!

Susana

 

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